Algunas certezas

 Algunas certezas

Por Max Colodro, filósofo y analista político

La volatilidad política del último tiempo hace difícil pronosticar quiénes llegarán hoy al balotaje, pero hay algo que parece insoslayable: el próximo Presidente de Chile habrá obtenido en primera vuelta menos respaldo que ningún otro, desde aquella vez en que Ricardo Lagos y Joaquín Lavín debieron recurrir a la segunda instancia. Así, gane quien gane en diciembre, el próximo Mandatario representará desde el inicio a una acotada minoría, y deberá lidiar también con nuevo Parlamento marcado por una fuerte dispersión.

El año 1970 llegó a La Moneda un Presidente que obtuvo apenas un 36%, con una agenda de cambios muy radicales. La UP, la coalición que acompañó ese proyecto, nunca calibró con realismo lo que implicaba impulsar transformaciones profundas teniendo a un sector significativo de la sociedad en contra; menos aún, los niveles de polarización y deterioro político que eso iba a provocar. Es una lección histórica que parecía bien aprendida, pero hay algo en el actual escenario que tiende a la repetición: el país vuelve a dividirse en torno a anhelos de cambio y la gran pregunta es si, esta vez, habrá una genuina convicción y apuesta por construir las mayorías necesarias para solventarlos. Porque la lógica de minorías que insisten en imponer sus términos no solo ha resultado a largo plazo completamente inviable, sino que tiene costos políticos, económicos e institucionales enormes.

Lo que ha convertido esta elección presidencial y parlamentaria en una de las más significativas de la historia reciente no es solo el resultado -quien gane y quien pierda-, sino la complejidad del contexto: una crisis estructural que ha deteriorado gravemente el orden público y el estado de derecho, donde el país se ha gastado buena parte de sus ahorros, y que tiene en el horizonte un ciclo de alta inflación y bajo crecimiento. Además, con una institucionalidad desfondada, sin amistad cívica y en medio de un inédito proceso constituyente. Un cuadro crítico que desde marzo deberá ser abordado por un gobierno débil, con escaso respaldo en el Congreso y frente a grandes expectativas ciudadanas.

En resumen, vienen tiempos difíciles, de los que el país no saldrá en buen pie a menos que logre generar un piso mínimo de acuerdos y de gobernabilidad, restableciendo confianzas con una importante dosis de realismo. Es decir, exactamente lo que hoy brilla por su ausencia y que, en estas elecciones, se expone como la principal amenaza: más polarización, más desacuerdos de base y más deterioro institucional. Si el próximo gobierno no tiene claro que solo podrá llevar adelante una agenda de transformaciones si ella es respaldada por sólidas mayorías, si la próxima oposición sigue en la misma lógica de la actual -derribar al gobierno a cualquier precio- Chile no tiene ninguna posibilidad de acometer con una mínima posibilidad de éxito sus actuales desafíos.

La clave no está solo en el veredicto de las urnas; es un asunto de voluntad política.

 

Equipo Redacción Diario de la Costa

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